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Si aquí te precipitas, no esperes un orden, aquí las palabras son lluvia de mí.
Las categorías a la derecha son las que organizan esto, pero poco, porque en el inicio todo se derrama según cae. Aún así, si lo necesitas, guíate por ellas para comprender este don literario:

-El Diario inefable es una impostura, el diario de otro al que suplanto o me suplanta. Quién habla por boca de quién lo dirá el tiempo, pero lo muestro tal como lo encontré, tirado en la calle, caótico, caprichoso, desconcertante y contradictorio… a veces. Y otras no.

-Estancias son poemas. Son unos pocos de entre muchos. Y ya está.

-Retratos son relatos y semblanzas de seres imaginados, reales o realmente imaginados. Seres destacables por lo poco de su celebridad o por la nada de su destino; por la gracia de su ser. Y por ser.

-Rutinas son eso, pinceladas de lo profundo que hay en todo. Y nada.

Y habrá más. O menos.

Raúl Sanz García

paraíso

En el desierto, el paraíso es la cantidad de arena que puedas tener entre las manos.

escribir

Siento la torpeza de todo lo que escribo. Las palabras más hermosas son las no escribibles, aquellas que surgen en la mirada cuando se mira al cielo o a cualquier otra cosa bella. Si ese momento se interrumpiera para escribirlo, sería como abrazar a un muerto, sería otra cosa del amor, una enfermedad, una ilusión.
Pero las palabras de esos momentos no son como estas, son otra cosa más grande, una moldeable luminiscencia que arrebata y calma el pensamiento hablante; su gramática es exacta y multidimensional, no tiene reglas pero abarca en sí todo lo posible.
Esas palabras no están dichas y no permanecen. No pertenecen al tiempo ni al pensamiento. Son como la luz que, aunque ilumine el espacio, no pertenece a él, es ella su propio espacio y todo lo abarca hasta el límite de la materia.
La materia es una obtusa gramática, una gravedad cetrina que devuelve los cuerpos al abismo. Y en esa oscuridad escribo, cegado de aquella luz que está afuera de cualquier símbolo y que no necesita símbolos para ser.

política

Hay cosas que me fascinan más que cualquier misterio metafísico. Por ejemplo, que haya hombres que tomen en serio a los políticos y a su política.
Nosotros, gente del teatro, de la farándula y de la fábula, toleramos tal esperpento como si fuera un happening global, orgánico e infinito; una grotesca obra del surrealismo más burdo que divierte a nuestra tristeza. Impotentes, olvidamos nuestra flaqueza y dejamos hacer queriendo reír a veces y otras llorar.
El arte, como suprema sanación, nos muestra que es también su propio reverso, el veneno, la enfermedad.

Pero nuestra vida está muy lejos de todo eso.

paseo

Quisiera a veces desprenderme un rato de mí mismo, dejarme de lado como a un abrigo viejo que se deja colgado en un percha si hace un día bueno, y se dejan en sus bolsillos las obligaciones, las citas, los amores, las penas, los recuerdos, los deseos… Y se va uno desnudo a pasear por un campo de flores que puede ser cualquier sitio, porque cuando uno no se lleva a sí mismo, todo es un campo de flores.

sueño

En mis sueños me sonríes siempre, por eso sueño. Y si en ellos me das la espalda, es porque yo te lo pido, y es tu espalda el cielo estrellado.

montaña

Si no puedes mover una montaña, cúbrela de flores.

lo que sé de ti…

Me llamas por mi nombre y, aún así, he de espantarme la sombra que ciernes sobre mi palabra. Sé de ti la sonrisa fugitiva y el capricho con el que me invitas a tu mesa; pero es todo tan ajeno que devoro en lengua extraña los manjares y el veneno cotidiano.
Sé tu rostro que saben todos, pero yo lo sé de cerca, mirado en la conjunción que lo hace diferente. Pero un rostro es sólo un día cualquiera, un don impenetrable que arrebata su propio cielo. En eso me pierdo, siempre tormentoso, con mi palabra de acento equívoco; la claridad de tu mirarme es el naufragio de todas las caravanas desérticas hacia jardines de más allá.
Pero, ¿qué es un rostro? Máscara de realidades moribundas, papel pintado, senda oculta en un bosque.
¿Te amaría igualmente con otro rostro? ¿Caería sobre tus ojos del mismo modo?
No lo sé. La ausencia.

¿Por qué portento, reses sobrealimentadas,
corréis tanto?
¿Y por qué es vuestro llanto tan gris
y tan arduas vuestras sonrisas?
¿Quién os ha excavado los caminos por los que vuestros dolores
fluyen como un río de pétalos
y refrescan todos los veranos que malolientes
se hacinan en las riberas de vuestras almas?
Quizás fue el mismo que os excava las tumbas;
allá le veo, pedigüeña santidad, con su ceguera de fuera
fingida en la sienes, con su palabra reptante y su pecho abierto.
Allá le veo, negro como el amanecer tras la muerte, venir
por la calle.

¿Por qué portento, amados míos, odiáis tanto a quien os ama?

Encontré a la puerta del gran bazar al maestro de las sombras.
Mira, me dijo, mira cómo crecen mis garras
y es de noche, lo dice en todo la oscuridad
y ni siquiera allá, tras tus ojos, hay pizca de mañana.

Pero, ¿de quién son tus ojos?
Aquí no habitas, tengo un deseo de ti, mujer sangrienta,
arquetipo de todo mi dolor,
belleza innombrable y fatua.
Ojalá encendiera en tu bello rasurado la mecha de no ser tú,
de olvidarte un instante en un fuego real
que duele como a hospitales y vendas mugrientas
que empapan la piel de médicos maniquíes.

¿Dónde estás pues, tú a quien busco?
Maestro de las sombras, donde todo se vende y todo se compra.
Mas allá te ausentas como producto fuera de temporada,
como fantasía fuera de mercado,
como libro no escrito
como ceniza de oro.

Si estuvieras, estaría en paz.
Si no estuviera tu no estar, estaría en paz.
Pero no estás y estás. No estoy en paz.

Comparto la estancia con un fantasma y un don terrible.
Por las mañanas, le veo sentado al pie de mi cama, de espaldas.
No sé si es hombre o mujer, pues es difuso y me conmueve a no despertar,
pero sospecho amargamente su naturaleza.
No es el espanto el que me agarra, sino otra cosa que no sé decir:
lo innombrable. Salto como una bestia para escapar y hundirme en las calles,
aún sin aseo, aún sin sustento; y en mi huída suplico a la nada
para que no se vuelva, para no verle el rostro, para no ver que me mira
con los ojos muertos de no verme.

El don es ver.

…y luego, cuando te quiero besar, tienes la boca llena de arena;
pero te gusta, y lloras (no me quieres contar en que playa te alimentaste).
…y luego, cuando me quieres besar, tengo la boca llena del mar
que me diste en tu tristeza.

La Adivinadora

Leí hace tiempo que hay mujeres que, por alguna mutación, ven más color. No sé exactamente cómo, si es que ven los colores más vivaces o ven colores nuevos que el resto no conocemos, colores que no son el rojo, ni el azul, ni el verde, ni el amarillo, ni ninguna de sus mezclas; colores a los que habría que poner un nombre al que sólo esas iniciadas podrían referirse, algo así como el befalí, el límbalu o el siroso. Eso sería un pura magia, o un universo distinto al espectro común que todos compartimos.
La Adivinadora era sin duda de esas mujeres. Pero ella no sólo veía más colores, ella escuchaba más sonidos, olía más aromas, acariciaba más texturas, degustaba más sabores. Ella lo hacía todo más, era una luz de otro mundo. Y por eso era su sonrisa tan inmensa, porque comprendía tan hondamente la vida, el placer y el dolor.
La conocí en el Puerto, cuando el Puerto existía. Hasta ella arribaban todos los barcos y de ella partían. Vestía siempre una falda voladora de colores tan ancha como el cielo, era como un arcoíris que se saliera del horizonte. Yo me la imaginaba descalza, y ella sabía lo que había en mis sueños y así era yo el que descalzo caminaba muy lento sobre las brasas de su mirada.
Tenía una voz tan alegre que alegraba todas las penas, porque ella las conocía todas, sabía de todas las heridas que, cual malos jugadores, traíamos ocultas bajo nuestra s chepas y arrojábamos a sus pies queriendo ocultárselas.
No tenía edad y las tenía todas. Ahora era una niña y luego una madre, más tarde la joven y loca amante a la que se persigue, y después una profesora austera y complaciente. Era siempre lo preciso y lo inesperado, lo necesario y lo hermoso, la libertad y el cobijo, lo aventura y el hogar, la risa y el guiño.
Era imposible no amarla de todas las maneras. Y de todas las maneras la amé sin que ello me hiciera sufrir, porque bastaba con haberla conocido y que te hablara. Sus conversaciones eran sobre nada y sobre todo, pero se posaban como una lluvia de flores sobre la inteligencia, y se hacían comprender por su aroma único e inolvidable.
Recuerdo los gestos de sus manos. Cuando hablaba, sonreía tanto que parecía siempre tomarte el pelo, y a la vez movía las manos como si manejara los títeres que uno se imaginaba en sus historias. No nos hablaba desde fuera, sino desde dentro, y hacían sus palabras y sus manos un retablo mágico para nuestro ensueño.
Sus manos dibujaban el mundo, los sonidos y el viento que los llevaba.
Y cantaba mucho. Así la recuerdo la última vez que la vi, cantando con una voz tan suave y tan honda que todo callaba, y que aún suena en mis noches tristes y me anima, porque me hace ver a la Adivinadora sentada de nuevo frente a mí, como posada desde un sueño en mi regazo, sabiéndome el pecho y colocándome los dolores de la espalda como un cojín de seda que te besa y te besa hasta sonrojarte el alma de alegría.

Tratado de la felicidad

Las noches recogen todo el sudor de un verano exterminador. Las madrugadas son el mundo vivible.
Leo el mensaje que me mandaste ayer: Encuéntrame a una persona feliz.
Iba a marcharme de viaje, pero aún estoy aquí. No tengo nada que hacer y he pensado en ti, de hecho pienso en ti aunque tenga que hacer.
Anoche saliste huyendo como otras veces. Huyes con la mirada, huyes con las palabras, huyes con las manos.
No me importa que me hables del río siempre que pasamos por el puente. Sé que sabes que los besos se dan sobre los puentes. Pero no me importa mirar al río de noche e intuir el agua, que ha de ser fría a la fuerza, correr en tenues filos de plata.
Siempre dices eso de si cayeras y de si yo iría tras de ti, porque sabes que iría aunque no sepa decirte que sí. Siempre estás contenta sobre eso. La sonrisa se te ensancha y se pierde bajo las cortinas de tu cabello. El río lleva algo de elixir.
Tampoco sé qué decir sobre los muertos. Tú al menos sabes no decir en pocas palabras y parecer sabia.
Y cuando hablas de los ahogados, cuyas sombras ves perderse en la corriente, me parece que ves en mí a uno de ellos. Me haces sentir una alegría un poco desagradable, porque al menos algo ves en mí.
Me gastas esa broma. Entonces no se necesitan las búsquedas. Cuando estamos sin nada que decir en la cafetería, me preguntas si creo que tal o cual son felices, no me preguntas si yo soy feliz; qué bien me conoces. Pero eso sólo sucede cuando no sucede nada, cuando nada se puede decir, cuando atardece y uno dice por decir. Por eso es una broma, no sé si te ríes de mí, tan burdo te parezco.

Detestaba los recitales de poesía, y, en general, cualquier acto organizado. En ellos sufría una ansiedad muda de bestia enjaulada, el sopor de un marino al que le arrancan del mar.

Y el mar estaba fuera, en lo caótico.

No había para él mayor placer que vagar sin rumbo por las calles, vadear las plazas y atravesar los jardines por lo prohibido, mezclarse entre la muchedumbre y espiar muy despacio su existencia, apartarse de ellos y rozarse contra el cristal de un escaparate, sacarle ritmo a todo con el metálico sonido del botón de una cazadora vieja.
Hubiera deseado no tener apetito por nada, sólo mirar con paz. Pero tenía apetitos inmensos que se abrían por la más pequeña luz, estaba invadido de espejos rotos, mundos imaginarios que se evaporaban como si fueran el humo gris de un coche roto.

Hizo la práctica perfecta de ganarse la soledad. Sin un solo llanto ni una sola furia, como si todo el mundo se quedara atrás para saludar a alguien más útil o entretenido, o para fijarse en un curiosidad cualquiera. Se quedó solo con gran maestría, y no puede decirse que lo hiciese queriéndolo, pues no lo quería, pero hay hombres que son lo que son y no pueden no serlo por mucho que ensayen la sonrisa falsa ante el espejo.
El espejo es estúpido porque te devuelve el fingimiento, pero la vida es cruel porque no devuelve nada.

Vivir era una cierta alegría de estar triste. Y el mito de lo inesperado.
No se puede dejar de imaginar, pero no cabe en palabras todo lo imaginado, así que no escribo más por hoy. No sé contar, he olvidado toda aritmética.

A Darius Zaprezs, el truco de la guillotina nunca le gustó, le parecía escaso y de poco mérito; por ello, se propuso mejorarlo e introdujo sutilezas de su propia creación.
Zaprezs era torpe y no dominaba bien los naipes y otros objetos tales como cuerdas y monedas, por eso necesitaba de grandes parafernalias.
Su torpeza con las cosas pequeñas le producía admiración hacia las mismas. Le gustaba el truco de la carta firmada que es rota en pedazos y luego aparece reconstruida, también le gustaba el de la cuerda cortada; por ello, quiso llevar estos trucos a su número de la guillotina.
Todos saben que la guillotina nunca corta de verdad, que al final, cuando cae, su hoja ignora los miembros expuestos a ella, como si se abriera un vacío dentro. El truco de esto es muy burdo y cualquiera con ojos atentos se lo puede imaginar; no produce fascinación, es como si fuésemos a cortar la cuerda y no la cortáramos. La cuerda debía de ser cortada, la guillotina debía cortar de verdad.
Darius Zaprezs creó la ilusión de una ejecución auténtica, en vivo. Comenzó sus ensayos con muñecos que luego reconstruía, pero su meta era hacerlo con verdaderos seres humanos y, tras años de estudio, logró este fin y se presentó ante el público.
Un ayudante suyo, ser humano real y viviente, introducía ambas manos en sendos agujeros a medida en la base de madera de la guillotina; la hoja caía y le amputaba las manos a la altura de la muñeca, un chorro de sangre surgía de los muñones -que permanecían ocultos entre las tablas- y el ayudante padecía un dolor tormentoso antes de desmayarse.
A esta altura de la actuación, el auditorio estaba conmocionado como nunca lo estuviera por un truco de magia.
Darius cogía entonces las manos amputadas y las mostraba. Luego desataba a su ayudante y le ponía en pie. Aquí sucedía lo más increíble: los brazos del ayudante eran alzados y se podía ver perfectamente la amputación con el hueso que surgía ensangrentado; se tapaban esos brazos con una tela negra y Darius metía las dos manos que él sostenía bajo la misma, operaba en esa ocultación durante unos segundos y retiraba la tela. Se veía entonces que las manos estaban de nuevo en su lugar y no había sangre ni heridas.
El número provocó un escándalo y el mago fue denunciado y juzgado. Finalmente, salió absuelto, pero se le prohibió repetir la actuación.
Darius Zaprezs se vio obligado a emigrar a Norteamérica y allí, en circuitos esotéricos de pocos asistentes, repitió sus trucos. Su fama creció y llegó a actuar ante públicos numerosos pero siempre en espectáculos clandestinos.
Introdujo varias mejoras en su arte. Pasó de amputar las manos a la decapitación. Mostraba las cabezas en alto -lo cual entusiasmaba a la gente- y luego las reunía con el cuerpo bajo la tela negra. Fue más allá y llegó a partir a un hombre por la mitad con lo que las vísceras eran visibles.
Al principio, intervenía sólo sobre sus ayudantes, pero luego comenzó a invitar al público y algunos quisieron probar; creían que no sentirían nada, pero la ilusión era perfecta y la amputación real, con el dolor real y la sangre también.
Una pregunta surgió por la increíble fascinación de las gentes que lo presenciaban:
¿Zaprezs mata de verdad?, porque si es así, entonces devuelve la vida a los muertos.
El mago respondía que todo era una ilusión y que nada más podía revelar. Esta respuesta no colmaba ninguna inquietud, porque la gente veía a los guillotinados realmente muertos sobre el escenario, y revivían indemnes.

Entretanto, Zaprezs ideó un nuevo ingenio al que muchos bautizaron como la perversión definitiva: la trituradora de hombres.
Consistía en lo siguiente: un hombre era atado a una cinta mecánica, esta cinta corría y le introducía poco a poco en una máquina de enormes dentaduras metálicas y sierras afiladas que se abrían, cerraban y giraban a gran velocidad. El hombre era machacado por estos mecanismos y sus restos, sangre y carne picada, eran arrojados a un barreño que había al otro lado. Lo increíble es que la máquina no estaba oculta por ninguna caja, sino que el proceso de lenta trituración, acompañado por los desgarradores gritos del voluntario, era presenciado de cerca por todos los asistentes sin la menor posibilidad de duda.
Posteriormente, el barreño era colocado en el centro del escenario y tapado con la tela negra. Pasados unos segundos y tras los ritos propios del mago, una forma humana iba creciendo bajo la tela, se retiraba esta y aparecía el triturado sano y salvo.
Este truco le dio a Zaprezs una fama peligrosa y comenzó a ser vigilado de cerca. Había quienes ya no tenían dudas sobre la capacidad del mago de resucitar a los muertos -le llamaban El Nigromante-, e incluso llegó a ser solicitado para sacar a algún vástago de la tumba, cosa a la que hubo de negarse.
Zaprezs tuvo que retirarse por un tiempo. Una batalla de fuerzas perversas se entabló y el mago, objeto de esas luchas, tuvo que pasar del retiro a la ocultamiento, y de ahí a la huida.

Durante algunos años, su rastro se perdió, hasta que al fin, otra vez en Europa, el mago volvió a actuar, de nuevo clandestinamente. Ya no se servía de guillotinas, ahora mataba con los medios más diversos: espadas, pistolas, etc. Luego diseccionaba los cuerpos y los hacía revivir tras taparlos con la tela negra.

Realmente revivía a los muertos, y perfeccionó tanto su arte que llegó a prescindir de todo utensilio excepto de la tela negra. Pasó a actuar en cementerios en los que exhumaba cadáveres recientes y los devolvía a la vida con la ayuda de la tela que ocultaba el momento preciso. Cuando la catarsis amainaba, el revivido era devuelto a la muerte. Este número fue el último de Darius y lo realizó pocas veces.
Pronto volvió a ser reclamado por personas poderosas para que reviviera a algún fallecido amado. Darius ya no podía ocultar su arte, pero tampoco podía satisfacer a quienes le reclamaban, aunque estos no comprendieran las razones.
Darius Zaprezs era sólo un ilusionista, y sus ilusiones consistían en hacer real, por un momento, algo imposible: matar a un vivo para devolverle a la vida, o revivir a un muerto para devolverle a la muerte. Quienes acudían a Darius no sabían que no se puede cortar en pedazos una cuerda para no unirla después, porque esto sería la muerte del mago, que en realidad no tiene ningún poder más que el de la prestidigitación y el engaño.
Perseguido y desesperado, el mago buscó refugio en su arte; aparcó las ilusiones de muerte y se esforzó por encontrar la habilidad que le hiciera invisible. Quiso guardarse a sí mismo en su propia manga, como se hace con una carta o una flor, pero era lento y poco hábil.

Encontraron el cadáver incompleto bajo la tela negra.
La identidad del asesino de Darius Zaprezs nunca se supo, pero sí sabemos cómo fue asesinado: fue decapitado con su vieja guillotina. Así acabó la carrera de uno de los más grandes ilusionistas de todos los tiempos, aunque fuera torpe con los naipes y las cosas pequeñas.

Jamás dijo palabra.
A su muerte, un opinador, inspirado quizás por esta historia de silencio, dejo escrito en algún papel:

Se ha ido el mayor crítico de todos los tiempos. Un hombre que con el mero gesto era capaz de desnudar las imposturas de todo lo real, un ser de tan atormentada lucidez que sin dejar legado alguno, más allá de su recuerdo, ha sacudido el mundo de la cultura humana.

Esta es la historia del mayor crítico de toda la historia. El desnudador absoluto de todas las farsas, el desvelador inocente de todos los rostros.
Su nombre y orígenes son confusos y por ello podemos darlos por desconocidos, él nunca aclaró nada y sus evangelistas no fueron más que una falsedad más como las que él mismo deshacía.
Todos los iluminados terminan en sí mismos y su luz agota las palabras de quienes la beben. Es así que, aún devastando la comprensión del mundo, nada cambia. Y esta fue la enseñanza principal, y quizás única, que el recuerdo de este hombre mudo nos dejo: los hombres, ante el cruel espejo de su realidad, aprenden a escandalizarse y a olvidar, pero poco más.

No había en su sabiduría nada aprendido, sino que eran su propia piel y su propio nervio la impregnación de una certeza inefable, una apertura hacia un paisaje radiante de fastuosa austeridad que acuchillaba las pretensiones y las palabras de todo hacer político o espiritual.
Descubría con una mirada caída y unos labios tensos el dinero oculto tras cada partida de los grandes regidores del mundo; tras cada uno de sus actos, hacía visibles los rostros de más allá, diluía la opacidad de sus discursos huecos, dejaba al descubierto, cual emperador desnudo, la retórica vana de toda élite dominadora.
Desbarató los refugios de todos los templos con sólo el soplo de pasear por allí. Y con sólo el aliento de sus pasos, la cabeza entre los hombros, el paso ligero y a veces torpe, la mirada huidiza e incluso asustada, recorrió el mundo como un tornado sigiloso e irrefutable ante el que sólo cabía callar y capitular.
Pero, a pesar de todo, nada cambió, porque los hombres, cuando saben, toman como primera lección lo siguiente: que no quieren saber, y hacen de esto su alimento. No queremos saber quiénes asedian nuestras almas ni por qué, queremos ser nosotros quienes asedien.
Saber es para muchos un abismo de dejar de vivir. Y este hombre era todo saber, una pura sapiencia, de tal modo que no necesitaba expresarse sino solamente ser o, aún menos, aparecer.
Y como tal existió para el mundo, como un aparecido. Como un sueño, como un fantasma, como una irrealidad. No buscamos el paraíso sino el alivio.
Pero fue un hombre real, nacido de madre y con un rostro reconocible e inolvidable. Vestía siempre un traje negro, quizás siempre el mismo, y daba la impresión de haber sido su vida entera el extracto de un solo día extendido a lo largo de años.
El tiempo durante el que fue conocido por la opinión pública fue breve. Comenzó como una silueta oscura y casual que se estampaba contra las noticias de los diarios; así, por azar, llegó a colarse en las imágenes fatuas de los altares privados, y derribó con un tropezón aparente las figurillas más doradas.
Pronto empezó a ser tenido en cuenta y quisieron domar su peligrosa presencia lanzando hacia él todas las luces de un circo risible; pero con una huída exacta y tranquila desbarató esos engaños y se ganó el respeto de la gente, que empezó a tomarlo por una especie de profeta extraño y maldito que les desvelaba cosas terribles.
Y a cada paso que daba, más callaba el mundo y su histérica cháchara de vanidades. No rehuía ninguna invitación y en todas partes aparecía, servicial y educado, para hacer su gesto terrible ante las preguntas más profundas o las más estúpidas.
Se le veía en los televisores, enfrentado a los expertos de todos los saberes, y entonces no hacía nada, callaba siempre, pero su rostro, sus manos, su cuerpo, se retorcían indeciblemente ante todo lo dicho, y expresaba su cara la certeza profunda de todas las verdades, aquellas que están más allá de todo decir. Era su aliento una palabra muda que no prejuzgaba ni pretendía ningún imperio. Era la pura sinceridad de ver aquello que los otros no veían o no querían ver y dejarlo acontecer en la propia presencia, como si existir y expresar fueran un todo, la misma cosa.
Y así fluyó, como una sangre sanadora por las venas del mundo. Y cuando todos se apartaban a su paso, cuando ya casi parecía que hasta los más animales y los más viles, hasta los más encerrados en sus palacios, se le abrían el pecho y recitaban lo contrario a todas las oraciones, para un nuevo comienzo, para una mirada limpia, entonces, el mayor crítico de todos los tiempos, aquel que a todos convenció con solo sus caricias, murió inesperadamente.
Poco se dijo, se quiso dejar pasar como un contratiempo inoportuno del que mejor no remover sus honduras. El hombre murió de una enfermedad cualquiera, y fue enterrado por ninguna familia para ser olvidado.

La búsqueda de la fascinación perdida

Decir mucho acaba siendo inútil.
Esto es algo que se aprende cuando eres o desearías ser más ligero que el viento.
A las pocas líneas, te das cuenta de que hace demasiado frío como para terminar cualquier discurso.

Hace tiempo que me siento pesado, como si hubiera comido demasiado aunque no haya comido. Hace tiempo que no digo mucho, que no sé qué decir, que no sé qué digo.
Ahora me doy cuenta del modo en que las cosas cambian. Caminar no es alejarse. Alejarse es mirar atrás; mirar atrás es lo que nos aleja.
Decir mucho no es decir gran cosa.

He mirado poco atrás, pero cada mirada ha sido un empujón doloroso. Pienso en todas las veces que he sido risible, que he sido tontamente amable, que he sido calculadamente torpe, que he ocultado en las sonrisas de otro mi tristeza.
Con la primera mirada comencé a perder la fascinación, y esta disminuye a cada vistazo. Paradójicamente, para reencontrarla, hay que alejarse.

Prólogo del cuaderno de viajes de N.B.

Sólo para iniciados

De Nicolai Barjov sabemos que fue escritor y viajero. No ambas cosas a la vez, sino una –escritor- primero y luego la otra –viajero; y en la medida en que sus escritos fueron haciéndose más parcos y escasos, sus viajes fueron haciéndose mayores. Por tanto, no fue un escritor de viajes.
Barjov únicamente público tres relatos breves y algunos poemas en revistas. Toda su producción, que se sabe basta, incluida alguna novela, la destruyó antes de partir en su viaje último. Borró sistemáticamente y en lo posible toda huella de su pasado.
Aún así, no dejó la escritura de forma brusca; sabemos que partió con un diario, que más bien era un cuadernillo de anotaciones cada vez más exiguas y básicas. De este cuaderno de viajes, gracias a diversos avatares, se conservan algunos fragmentos, y uno de ellos parece ser un final en el que Barjov, a fuerza de escribir cada vez menos, había llegado al punto en el que ninguna palabra cabía. Había ido demasiado lejos.

Hasta tal punto logró borrarse de las memorias que ni siquiera su nombre es seguro; algunos le hacen llamarse Borjov, y otros Burjev. Sólo de oídas se le conoce y por lo que contaron ciertos personas ya muertas. Fuera quien fuese, sus escritos podemos atribuírselos con certeza a este alguien.
En su diario, escribió sobre cosas que no se pueden saber, porque esas cosas son lugares que, o bien no existen, o nos están vedados.
En 1885, Barjov se encontraba en la estación de tren abandonada de Sosks. Hay quien dice que llegó en el último tren que arribó a aquel fin, y por tanto su marcha atrás era imposible. Sosks no pertenece a ningún país, es el primer pueblo de la frontera con lo que está tras la niebla.
Poco después de su llegada a Sosks, la estación y la ciudad fueron abandonadas por sus pocos habitantes; su presencia allí ya no era necesaria y se marcharon en busca de otro modo de supervivencia. Barjov se quedó solo.
Era el inicio de la primavera, aquí Barjov comienza su Diario del Confín y ese inicio es uno de los fragmentos conservados:

Ha amanecido en Soks. El invierno ha sido Brusco. Está noche hallé cobijo en una caseta donde se guardan herramientas, en las cocheras. Hay una locomotora abandonada, muy antigua…

Marnem el biólogo fue el último hombre que abandonó Soks y el último que vio y habló con Barjov en aquel lugar. Según él, Barjov era un hombre robusto de mediana edad, de cabello y barba oscuros, se abrigaba con firmeza y andaba lento mirándolo todo muy hondamente. Esta descripción es escasa, ya que nadie, ni siquiera el propio Marnem, trabó amistad con el viajero que llegaba al sitio del que todos se marchaban. Lacónico en extremo, Barjov daba la impresión de no querer que le molestaran.
Más allá de Soks, según se sabe, hay tierras a las que ningún hombre quiere ir. Es una estepa de valles profundos y bosques cerrados que en invierno se hace intransitable. Es un territorio olvidado y que aparece en los mapas como un dibujo abierto y vacío, sin un límite claro que el cartógrafo pueda situarle. Quizás por ello, eligió Barjov esta vasta región para su viaje.
Toda esa región es conocida en los círculos de expediciones como Autheros que en alguna lengua se hace significar: Otro lugar.
Se sabe también que hubo en tiempos remotos una nación ubicada en Autheros, y que las ruinas de sus ciudades aún se yerguen intocadas. Algunos afirman que aún vive gente dispersa en Autheros, y si hemos de dar crédito a los fragmentos del Diario del Confín de Barjov, habremos de dar por ciertas esas especulaciones.
Después del episodio de Soks, Barjov quedó completamente sólo. No conocemos a ningún testigo que en esta parte del mundo pueda hablarnos de él.
El diario atestigua esta soledad. Un breve fragmento fechado un mes después del inicio –todo lo entre medias se perdió- nos lo cuenta:

Los vientos de este refugio hablan una lengua ancestral. Me esfuerzo por entenderla, pues sus palabras son las únicas que escucho en meses, pero se me escapa rebotando contra las extrañas rocas del lugar…

Continuará…

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