A Darius Zaprezs, el truco de la guillotina nunca le gustó, le parecía escaso y de poco mérito; por ello, se propuso mejorarlo e introdujo sutilezas de su propia creación.
Zaprezs era torpe y no dominaba bien los naipes y otros objetos tales como cuerdas y monedas, por eso necesitaba de grandes parafernalias.
Su torpeza con las cosas pequeñas le producía admiración hacia las mismas. Le gustaba el truco de la carta firmada que es rota en pedazos y luego aparece reconstruida, también le gustaba el de la cuerda cortada; por ello, quiso llevar estos trucos a su número de la guillotina.
Todos saben que la guillotina nunca corta de verdad, que al final, cuando cae, su hoja ignora los miembros expuestos a ella, como si se abriera un vacío dentro. El truco de esto es muy burdo y cualquiera con ojos atentos se lo puede imaginar; no produce fascinación, es como si fuésemos a cortar la cuerda y no la cortáramos. La cuerda debía de ser cortada, la guillotina debía cortar de verdad.
Darius Zaprezs creó la ilusión de una ejecución auténtica, en vivo. Comenzó sus ensayos con muñecos que luego reconstruía, pero su meta era hacerlo con verdaderos seres humanos y, tras años de estudio, logró este fin y se presentó ante el público.
Un ayudante suyo, ser humano real y viviente, introducía ambas manos en sendos agujeros a medida en la base de madera de la guillotina; la hoja caía y le amputaba las manos a la altura de la muñeca, un chorro de sangre surgía de los muñones -que permanecían ocultos entre las tablas- y el ayudante padecía un dolor tormentoso antes de desmayarse.
A esta altura de la actuación, el auditorio estaba conmocionado como nunca lo estuviera por un truco de magia.
Darius cogía entonces las manos amputadas y las mostraba. Luego desataba a su ayudante y le ponía en pie. Aquí sucedía lo más increíble: los brazos del ayudante eran alzados y se podía ver perfectamente la amputación con el hueso que surgía ensangrentado; se tapaban esos brazos con una tela negra y Darius metía las dos manos que él sostenía bajo la misma, operaba en esa ocultación durante unos segundos y retiraba la tela. Se veía entonces que las manos estaban de nuevo en su lugar y no había sangre ni heridas.
El número provocó un escándalo y el mago fue denunciado y juzgado. Finalmente, salió absuelto, pero se le prohibió repetir la actuación.
Darius Zaprezs se vio obligado a emigrar a Norteamérica y allí, en circuitos esotéricos de pocos asistentes, repitió sus trucos. Su fama creció y llegó a actuar ante públicos numerosos pero siempre en espectáculos clandestinos.
Introdujo varias mejoras en su arte. Pasó de amputar las manos a la decapitación. Mostraba las cabezas en alto -lo cual entusiasmaba a la gente- y luego las reunía con el cuerpo bajo la tela negra. Fue más allá y llegó a partir a un hombre por la mitad con lo que las vísceras eran visibles.
Al principio, intervenía sólo sobre sus ayudantes, pero luego comenzó a invitar al público y algunos quisieron probar; creían que no sentirían nada, pero la ilusión era perfecta y la amputación real, con el dolor real y la sangre también.
Una pregunta surgió por la increíble fascinación de las gentes que lo presenciaban:
¿Zaprezs mata de verdad?, porque si es así, entonces devuelve la vida a los muertos.
El mago respondía que todo era una ilusión y que nada más podía revelar. Esta respuesta no colmaba ninguna inquietud, porque la gente veía a los guillotinados realmente muertos sobre el escenario, y revivían indemnes.
Entretanto, Zaprezs ideó un nuevo ingenio al que muchos bautizaron como la perversión definitiva: la trituradora de hombres.
Consistía en lo siguiente: un hombre era atado a una cinta mecánica, esta cinta corría y le introducía poco a poco en una máquina de enormes dentaduras metálicas y sierras afiladas que se abrían, cerraban y giraban a gran velocidad. El hombre era machacado por estos mecanismos y sus restos, sangre y carne picada, eran arrojados a un barreño que había al otro lado. Lo increíble es que la máquina no estaba oculta por ninguna caja, sino que el proceso de lenta trituración, acompañado por los desgarradores gritos del voluntario, era presenciado de cerca por todos los asistentes sin la menor posibilidad de duda.
Posteriormente, el barreño era colocado en el centro del escenario y tapado con la tela negra. Pasados unos segundos y tras los ritos propios del mago, una forma humana iba creciendo bajo la tela, se retiraba esta y aparecía el triturado sano y salvo.
Este truco le dio a Zaprezs una fama peligrosa y comenzó a ser vigilado de cerca. Había quienes ya no tenían dudas sobre la capacidad del mago de resucitar a los muertos -le llamaban El Nigromante-, e incluso llegó a ser solicitado para sacar a algún vástago de la tumba, cosa a la que hubo de negarse.
Zaprezs tuvo que retirarse por un tiempo. Una batalla de fuerzas perversas se entabló y el mago, objeto de esas luchas, tuvo que pasar del retiro a la ocultamiento, y de ahí a la huida.
Durante algunos años, su rastro se perdió, hasta que al fin, otra vez en Europa, el mago volvió a actuar, de nuevo clandestinamente. Ya no se servía de guillotinas, ahora mataba con los medios más diversos: espadas, pistolas, etc. Luego diseccionaba los cuerpos y los hacía revivir tras taparlos con la tela negra.
Realmente revivía a los muertos, y perfeccionó tanto su arte que llegó a prescindir de todo utensilio excepto de la tela negra. Pasó a actuar en cementerios en los que exhumaba cadáveres recientes y los devolvía a la vida con la ayuda de la tela que ocultaba el momento preciso. Cuando la catarsis amainaba, el revivido era devuelto a la muerte. Este número fue el último de Darius y lo realizó pocas veces.
Pronto volvió a ser reclamado por personas poderosas para que reviviera a algún fallecido amado. Darius ya no podía ocultar su arte, pero tampoco podía satisfacer a quienes le reclamaban, aunque estos no comprendieran las razones.
Darius Zaprezs era sólo un ilusionista, y sus ilusiones consistían en hacer real, por un momento, algo imposible: matar a un vivo para devolverle a la vida, o revivir a un muerto para devolverle a la muerte. Quienes acudían a Darius no sabían que no se puede cortar en pedazos una cuerda para no unirla después, porque esto sería la muerte del mago, que en realidad no tiene ningún poder más que el de la prestidigitación y el engaño.
Perseguido y desesperado, el mago buscó refugio en su arte; aparcó las ilusiones de muerte y se esforzó por encontrar la habilidad que le hiciera invisible. Quiso guardarse a sí mismo en su propia manga, como se hace con una carta o una flor, pero era lento y poco hábil.
Encontraron el cadáver incompleto bajo la tela negra.
La identidad del asesino de Darius Zaprezs nunca se supo, pero sí sabemos cómo fue asesinado: fue decapitado con su vieja guillotina. Así acabó la carrera de uno de los más grandes ilusionistas de todos los tiempos, aunque fuera torpe con los naipes y las cosas pequeñas.